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La mierda en la que vivimos

Daniel Toledo Guillén · 1 de enero de 2020

Esto no es un análisis objetivo del reguetón, lo odio con todo mi ser y cuando odio completamente no dejo espacio a la duda del desprecio. Es como un ébola que nos provoca hemorragias internas y que, al igual que el virus, tiene el mismo grado de contagio. Destruye poblaciones enteras, las mismas que veneran los cadáveres dejados, y luego otras poblaciones son igualmente infectados.
Cada vez que veo alguna publicidad de algunos de estos artistas -lo cual me provoca ganas de… –, solo veo unos sujetos obsesionados con una estética pseudo-narco-señor de los cielos-capo, y un montón de colorines tan ajustados a sus mismas “canciones”.
El solo hecho de pensar en una canción y ver que estas creaciones reguetoneras son llamadas del mismo modo, me provoca de nuevo las ganas de…
Antes decía: “bueno, quizás bailarlo en las fiestas no está mal, ese es su espacio”. Ahora, me he vuelto más radical y el solo hecho de bailarlo, de permitirle entrar, es como alimentar con migajas a un monstruo encadenado en el sótano, que al primer chance que tenga nos comerá vivos, como ya lo hace.
Por eso mi gran preocupación es que no veo preocupación, a los que les molesta solo dicen: “bueno escucho otra cosa”, claro, como si eso resolviera el problema. Es como luchar contra la enajenación con más enajenación. Es una “música”-las ganas son más fuertes- que parte de la miseria material y espiritual; y tal cual, es una música de miserias, condenada a nunca ser más que eso. Y en el caos de la miseria no hay desarrollo posible. Entonces, es una música del subdesarrollo y el subdesarrollo.
He visto últimamente, algunos un poco más entendidos que defienden el reguetón como una forma válida de “arte”, e incluso, como una forma de protesta contra los males de nuestro continente. Los males de nuestro continente se pueden resumir rápidamente: subdesarrollo (en todos sus niveles, material y espiritual). Y si este producto, el reguetón, proviene del subdesarrollo, vive de él, existe en él y solo alimenta la enajenación (con cuerpos bien dotados, fiestas lujuriosamente irreales, excesos y una imagen delincuencial dorada como el oro), empecemos a condenar esta música donde quiera que se pueda; empecemos a suministrar- con la abundancia de un oleoducto- de cultura. Háganlos a todos entender Nuestra América. solo si la gente comienza a notar que han estado perdiendo su tiempo de vida sudando en el baile y la gozadera, las cosas finalmente empezarán a cambiar. Si no le dirigimos nuestras miradas al tsunami de ignorancia y enajenación que nos inunda, vayamos alistándonos para desaparecer pronto, y con nosotros, el planeta.
La enajenación nos va a llevar al fin de los tiempos.