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Pensar como iglesia

3 de febrero de 2020

El llamado del presidente del país para potenciar el ahorro económico, debe ser promovido también dentro de las instituciones de la iglesia

Por: Julio Pernús
En el momento en que escribo este artículo hay un llamado nacional a pensar como país, sobre todo, en lo relativo al tema del ahorro energético-económico. Incluso, de forma voluntaria, en el Centro Loyola-Reina de la Iglesia católica, el administrador llamó a colaborar con el esfuerzo nacional al apagar equipos en el horario de 11:00 a.m. a 1:00 p.m. Entonces, aprovecho este espacio para preguntar si estamos pensando también como iglesia universal y cubana que cuenta con los recursos mínimos.
Sin ser un regaño, quisiera empezar esta reflexión interpelando a los jóvenes católicos cubanos. Durante dos años fui secretario de la Pastoral Juvenil Ignaciana (PJI) y no fueron pocas las veces en las que compramos pasajes interprovinciales y solo al comenzar el evento nos enterábamos de que algunos muchachos no asistirían. Un jesuita español me decía:
Julio, es criminal tener que perder el dinero del reintegro y alojamiento por muchachos a quienes, como no les cuesta, les da igual. Durante la pasada JNJ en La Habana, fui testigo de la gran cantidad de comida sobrante por diversos motivos. Con el trabajo que se pasa para conseguir alimentos para las actividades eclesiales, no vendría mal un poco de conciencia y al menos decir con tiempo: No voy a comer hoy. Cualquier recurso que se aproveche, en Cuba, siempre será mucho.

Por otra parte, y esto quizás debamos aprender a manejarlo con una mejor comunicación hacia adentro y hacia afuera de la iglesia, en una de las comunidades que visitaba como animador vicarial de pastoral juvenil, el párroco durante los avisos decía a la comunidad que, gracias a la ayuda conseguida del exterior por él, se podría realizar ese año una festa de Navidad, pues con el pesito que casi todos echaban en la cesta de las ofrendas no alcanzaba ni para pagar la luz y el teléfono. Entiendo que a veces el pueblo no aporta lo sufciente para el sostenimiento de las obras y que se puede dar más, empezando por mí; pero, ¿no es acaso mejor tratar de estimular, con acciones concretas de visibilidad sobre los proyectos, un mayor aporte comunitario?

Son pocas las veces en que se nos dice a los laicos en qué se invierte nuestro ínfimo aporte semanal. En ocasiones, se ha extendido el paternalismo nacional a todas nuestras acciones pastorales y debemos ir pensando que el dinero del exterior no puede ser la única solución. Recuerdo aquellas anécdotas de personas dando unas libritas de arroz y azúcar para poder hacer convivencias en Peñalver.
Económicamente somos una Iglesia de “limosnas”, pero no debemos ignorar que tuvo para Jesús mayor valor lo que pudo aportar aquella pobre viuda, aunque los demás hubieran dado cien veces más. Solo digo que pensar como Iglesia debe interpelarnos también a cuidar de forma interna nuestros recursos y potenciar el esfuerzo comunitario por hacer cada proyecto autosostenible,sin depender de un dinero exterior que, al parecer, puede ir en disminución por las propias dinámicas mundiales de grandes crisis económicas en los países donantes.

Eso también es parte del pensar como país.

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