Elegua
Su cariz marchitó mientras navegaba en los añejados recuerdos. Habían pasado décadas desde aquellas fiestas religiosas en casa de papá. Nunca pudo borrar el ambiente mágico y místico, repleto de dioses enormes y altares colosales, que vislumbraría en la víspera de San Lázaro. Cerró los ojos cuando escuchó los aullidos de los poseídos, mordiendo frenéticamente los labios y esos toques de tambores anunciantes del desenfreno y la pérdida total de la conciencia.
Sin embargo, calmaba los palpitantes dolores de cabeza marcados en sus sienes, el caballo Elegua no parecía estar presente dentro del bullicio acalorado. Miraba de modo tranquilo a su dueño, papá, quien acariciaba y peinaba los cabellos blancos y largos. Sabrá Dios qué fuerza lo enloqueció para que enterrase un puñal en el boliche de las patas delanteras del animal. “Changoté, que yo subí, que yo bajé” musitaba mientras le ordenaba levantar su cuerpo herido y desplomado en el suelo. Una vez más se coló en la velada, bendecida por luna llena, la esencia misteriosa e inconcebible para muchos mortales. Se le prendieron los ojos a Elegua y puso de pie su ensangrentada silueta. Corrió entre el público que aplaudía y deseaba también pintarse de rojo.
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