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Solo sigan con vida

27 de marzo de 2020

Dedicado a esos cubanos que sufren ahora mismo la pandemia del coronavirus en países lejanos al suyo.

Por: Julio Pernús

Quizás este texto resulte familiar a esos jóvenes a quienes la prosperidad se nos ha vuelto la palabra más lejana, aunque tan solo a unos pasos de verla. Como siempre, he optado por escribir mi verdad. Debo admitir que a veces he intentado largarme de aquí, y por decisiones, en ocasiones inexplicables, nunca lo he conseguido. Pero ya no me atrevo a decirle a nadie que se quede (lo lamento); yo he optado por permanecer y afrontar esa decisión. Igual, con cada familiar o amigo que se va, siento que la Isla pierde un pedazo, y también yo.

Eva y Andrés: los migrantes

Llevan años planeando su salida; crecieron en el período especial y han perdido la fe por Cuba; en sus vidas habita el drama de toda una generación. Ella es una joven profesional y él, un luchador de la vida. Vendieron su casa, y en su mente ya no había patria ni ideología que los hiciera volver atrás. Y aunque sus padres les dijeran miles de palabras, intentando hacerlos cambiar de opinión, se lanzaron por una ventana migratoria. Salieron rumbo a Guyana y empezaron una travesía que incluyó varios destinos fronterizos. Al llegar a Brasil, saben que ya han cruzado un país, pero les faltan otros tantos, y se encomiendan con su espiritualidad cristiana a ese Jesús que no necesita visa para caminar con ellos.

El coyote

En algún lugar de Centroamérica se une a la caravana un hombre contratado que, sin mucho amor en los ojos , por unos cuantos dólares, acompaña al grupo de cubanos en su ruta. En el cruce de un río, una madre ve morir ahogada a su niña que se le escapó de las manos; y este ser sin alma, o con una de coyote, le impidió al barquero parar el bote que los llevaba a todos traumatizados, entre ellos Eva y Andrés, a la próxima orilla.

El destino

Después de pasar un calvario, selva del Darién y campamentos de presos en México incluidos, se encuentran en la frontera de su sueño, tan cerca pero a la vez tan lejos. Han ido gastando su dinero para vivir y han empezado a trabajar en lo que aparezca; sus ojos enfrentan diariamente los miedos de un lugar lleno de extraños y de una violencia ambiental que parece reclamar sus mentes. Llevan meses allí y aún no ven claras sus aspiraciones, pero saben que un retorno duele más que una derrota. Han visto a algunos de sus compañeros cubanos sucumbir ante la espera y han empezado a padecer el síndrome del migrante (enfermedad que está afectando la salud mental de algunos cubanos que no ven realizado su sueño de prosperar). Eva y Andrés seguirán resistiendo mientras tengan fuerzas.

Desde la Iglesia católica nos unimos en oración a esos cubanos que siguen soñando con llegar a un destino mejor. Ojalá que nunca dejen de creer en esos proyectos de vida que veían posibles. Por favor, amigos, solo sigan con vida.

Cubanos en coronavirus